El colibrí y las alas (Un cuento para recordar)

Hace muchos, muchos años, en un reino muy lejano nació un bebé. Era un bebé precioso pero portaba una peculiaridad: tenía alas. Unas alas transparentes con un ligero tono azulado.

Aunque todo parecía perfecto en él, sus padres estaban preocupados porque en el futuro pudiese sentirse diferente, y decidieron mostrar su preocupación a los médicos. Estos estuvieron de acuerdo en que si bien el niño parecía feliz con sus alas, esa diferencia podría acarrearle problemas en el futuro así que decidieron, conjuntamente con sus padres, que lo mejor era extirparle las alas.

Lo intentaron una y otra vez, pero cada vez que el niño volvía de la operación, sus alas volvían a brotar incluso con más fuerza.

Los médicos ya no sabían que hacer, lo habían intentado muchas veces sin resultado. Era un bebé con alas.

Los padres seguían preocupados así que decidieron probar otra opción. Quizás algún hechizo mágico consiguiera que las alas desapareciesen. Alguien les habló de un curandero que vivía en otro país y allí se fueron con el bebé.

Encontraron al curandero y le relataron su preocupación.

Al principio el curandero no entendía porque querían privarle de algo tan precioso e intentó convencerles de dejar que siguiese portando sus alas, pero viendo el sufrimiento en el rostro de sus padres al final accedió a llevar a cabo su magia. No eliminaría sus alas pero las haría invisibles, de tal manera que nadie pudiese verlas. Ni siquiera el niño o sus padres.

El conjuro se llevó a cabo con éxito y las alas desaparecieron.

Sus padres estaban felices. Dieron las gracias al curandero y volvieron a casa.

El bebé creció como un niño normal. Sus padres se cuidaron muy mucho de contarle sus orígenes y con el tiempo ellos mismos se olvidaron de su don.

El niño siguió creciendo, pero a medida que crecía su cuerpo, también lo hacía su tristeza.

Sus padres empezaron a preocuparse por el dolor que su rostro reflejaba. Nada parecía hacerle feliz y se fue encerrando en su propio mundo cada vez más.

Se sentía triste y solo. No entendía porque se sentía así si aparentemente no le faltaba de nada. Pero por más esfuerzos que hacía para que el dolor desapareciese, nada parecía funcionar.

Hacia tiempo que sus padres se habían olvidado de sus alas así que no vieron la relación con esa tristeza que habitaba en él. Sufrían por su propio dolor pero no sabían como ayudarle.

Un día, cansado de su propia vida, el ya joven salió a dar un paseo por un bosque cercano. Sus pasos le llevaron a un claro rodeado de árboles. Era tal su dolor que cayó de rodillas sollozando y pidiendo ayuda. Las lágrimas brotaban sin consuelo. Su pecho se estremecía con cada sacudida. ¡Estaba tan cansado! Lloró durante mucho tiempo hasta quedarse apenas sin lágrimas y al final, cayó rendido y se durmió en medio del bosque.

Se despertó al sentir un suave aleteo a su lado. Abrió los ojos lentamente y vio que algo pequeño volaba frente a sus ojos.

Se restregó los ojos para ver bien de que se trataba. ¡No parecía un pájaro cualquiera! Se mantenía en el aire sin esfuerzo.

Era un colibrí.

Estaba frente a él, sostenido en el aire mientras sus alas se movían a una gran velocidad.

Lo estuvo observando durante un rato como hechizado. El colibrí no se movía, parecía suspendido en el aire. ¡Era tan bonito! ¡Tan elegante! El joven estaba extasiado mirándolo sin poder apartar sus ojos de él.

Y por un instante se olvidó de su dolor y su tristeza absorbido por esa visión.

En ese breve instante, más breve que el aleteo de una mariposa, tuvo el destello de un recuerdo muy lejano que le hizo estremecer. Su cuerpo empezó a temblar mientras una corriente amorosa y pacífica le recorría de arriba abajo. Se sentía tan bien que se dejó llevar por esa sensación que había tomado el control de su vida en ese instante. Seguía sentado en el mismo bosque mientras el colibrí había empezado a volar a su alrededor.

El joven no sabía que le estaba pasando pero, ¡era tan agradable esa sensación! Ese calor que recorría su cuerpo. No quería que esa sensación parase nunca.

Después de un tiempo se sentía más tranquilo y como estaba anocheciendo decidió volver a casa.

Se dio cuenta de que el colibrí ya no estaba pero algo dentro de él sabía que seguía a su lado y que si lo necesitaba, este aparecería. Era como si el colibrí formase parte de él. Lo sentía muy cercano.

Estaba cansado así que se fue directamente a la cama. Todavía mantenía esa sensación de calor dentro de él.

Se durmió al instante y es noche tuvo una serie de sueños. Soñó con un bebé con alas, con un lugar que no reconocía. Veía a sus padres pero había alguien más. Alguien que no veía con claridad.

Entonces, en medio del sueño, esa persona desconocida volvió la vista hacia él y le habló. Le relató su historia, le habló de sus alas y de como para aplacar el sufrimiento y la preocupación de sus padres las había “ocultado” de la vista.

¡Todo parecía tan extraño! pensó el joven.

Y sin embargo, algo dentro de él le decía que era cierto.

El curandero le relató que junto con el hechizo para ocultar sus alas había puesto un recuerdo en su corazón que se activaría cuando llegase el momento.

Y el momento había llegado.

Fue la plegaria de su corazón la que activó ese recuerdo. También le dijo que había una forma de recordar sus alas y que estas volviesen a aparecer, y era a través de su deseo. Tenía que desear de todo corazón sus alas.

El curandero le contó que habría momentos en los que se olvidaría de ellas y la tristeza aparecería de nuevo, pero que sus alas nunca desaparecerían por mucho que se olvidase de ellas.

A partir de este momento ese recuerdo le guiaría y no le abandonaría nunca.

En ese instante, ante la vista atónita del joven, el curandero se transformó en un colibrí. ¡Era su colibrí! ¡El que había visto en el bosque! ¡Estaba tan contento de volver a verlo!

Mientras observaba al colibrí escuchó una voz que parecía venir de él: “Siempre estaré a tú lado. Si me necesitas, ¡llámame!”.

Al día siguiente el joven se despertó con una sensación extraña. Recordaba perfectamente el sueño. Había sido muy real.

¿Era cierto que tenía alas? se preguntaba el joven.

El no las veía, pero el curandero le había dicho que estaban ahí y que había una forma de deshacer el hechizo.

Todo parecía muy loco pero tenía que reconocer que se sentía muy bien cuando se concentraba en sus alas, como el curandero le había dicho, y recordaba sus alas.

Decidió no decírselo a nadie y siguió con su vida con ese recuerdo en su corazón. Todos los días se concentraba en ellas y cada vez le resultaba más fácil tenerlas presentes a lo largo del día.

Con el tiempo recordó sus alas y estas volvieron a aparecer. Su amigo el colibrí siempre estuvo a su lado como le había prometido manteniendo la confianza cuando al él le fallaba y empezaba a dudar.

Cuando sintió que llegaba el final de su vida, ya con sus alas desplegadas, el ya no tan joven se retiró al bosque, al claro donde había visto por primera vez al colibrí. Recordó ese momento y se sentó en el suelo como había hecho ese día. Sabía que su final estaba cerca pero no estaba nervioso, o triste. Sentía una gran paz por dentro, y una alegría tranquila en su corazón. Al igual que ese día se tumbó en la hierba a descansar. Y al igual que ese día se quedó dormido.

Y soñó, ¡oh no!, que se convertía en un colibrí.

Desde ese día hay un colibrí más dispuesto a guiar a todos aquellos que se han olvidado que tienen alas.

Este es tú recuerdo. Me has convocado y aquí estoy. El deseo de tu corazón me ha invocado.

Estás empezando a recordar.

Si, tu también fuiste un bebé con alas. ❤

Acuérdate de ellas a cada instante.

Deséalas de todo corazón.

Y ellas aparecerán de nuevo.

Te lo prometo.

Así fue conmigo y así será también contigo.

Con todo mi amor,

El Colibrí

~ Iciar ❤

 

ruisenor

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2º Calendario de Adviento (2015)

Os dejo con un recopilatorio de los 25 días de este 2º Calendario de Adviento. Gracias a los que me habéis enviado vuestros mensajes por correo, en este blog o a través de Facebook. ❤

Día 1 – Sin esfuerzo

Día 2 – Aprender a confiar en la Vida

Día 3 – Para el diálogo mental

Día 4 – Enfócate en la carretera

Día 5 – Cineforum: El nuevo éxotico Hotel Marigold

Día 6 – Decide por mí

Día 7 – Los encuentros no son casuales

Día 8 – Busca la experiencia

Día 9 – Se impecable

Día 10 – La necesidad de tener razón

Día 11 – Mimar tu relación fundamental

Día 12 – Cineforum: Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?

Día 13 – Nadie está solo

Día 14 – Como permanecer en paz

Día 15 – Lo que cargo en mi corazón

Día 16 – La vida es un eco

Día 17 – Haz feliz a alguien

Día 18 – Aprender a bucear

Día 19 – Cineforum: Serendipity

Día 20 – La canción olvidada

Día 21 – ¡No hay debería que valga!

Día 22 – El árbol que no sabía quien era

Día 23 – Haz brillar tu estrella

Dia 24 – Alumbrar la inocencia

Día 25 – Se Tú Quien dirige

~ Iciar ❤

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Día 22 – El árbol que no sabía quien era

Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales.

Todo era alegría en el jardín; y todos ellos estaban muy satisfechos y felices. Excepto por un solo árbol, profundamente triste.

El pobre tenía un problema: no daba frutos. “No sé quién soy,” se lamentaba.

– Lo que te falta es concentración,- le decía el manzano,- si realmente lo intentas, podrás tener deliciosas manzanas. ¿Ves que fácil es?

No lo escuches,- exigía el rosal.- Es más sencillo tener rosas y ¿Ves que bellas son?

Y desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

-No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. ES tu enfoque lo que te hace sufrir.

“No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas. Sé tu mismo. Conócete a ti mismo como eres. Y para lograr esto, escucha tu voz interior.” Y dicho esto, el búho se fue.

“¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…? ” Se preguntaba el árbol desesperado. Y se puso a meditar esos conceptos.

Finalmente, de pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior diciéndole:

“Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros y belleza al paisaje. Eso es quién eres. ¡Sé lo que eres! Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces todo el jardín fue completamente feliz, cada quien celebrándose a sí mismo.

Uno de los factores que más sufrimiento nos provoca es el compararnos con los demás, ya que por lo general salimos perdiendo. Miramos alrededor y evaluamos nuestra experiencia según patrones ajenos ya sean estos de nuestros padres, amigos, maestros, etc. Escuchamos la opinión de los “expertos” sobre lo que se debe hacer, sobre lo que necesitamos, lo que es “bueno” o lo que debemos abandonar, y aunque en ocasiones lo intentamos con todas nuestras fuerzas y seguimos sus consejos, al final nos alcanza una gran frustración ya que parece que eso que a ellos les parece tan fácil no lo es para nosotros. Entonces nos dicen que no lo hemos hecho con la suficiente intención o que necesitamos más disciplina o esfuerzo, y el problema es que nos lo creemos. ¡Vamos que no lo has intentado lo suficiente! Y al entrar en el juicio contra nosotros mismos, ¡cerramos nuestro corazón y dejamos de escucharnos!

No creo, sinceramente, que sea una cuestión de más esfuerzo como en ocasiones nos hacen (o hacemos) creer. Todos quien más y quien menos nos hemos puesto manos a la obra en múltiples ocasiones, hemos empezado con ilusión proyectos, o libros, hemos asistido a cursos, nos hemos puesto “deberes”, hemos iniciado la acción con ganas incluso, para por el camino ir perdiendo la motivación y la energía. Eso que podría parecer un “problema” quizás no lo sea tanto.

Imagínate como dice el cuento que tu, que no sabes quien eres, observas un rosal y piensas: ¡Qué bonito! ¡Me gustan sus flores! ¡Me encanta su olor! Debe de ser bonito ser rosal ya que él parece feliz mientras que yo no me siento muy bien. Y además mira al resto de las personas, a todas parece que les gustan los rosales. ¡Vale! Voy a ser rosal…. Entonces te ilusionas porque piensas que has encontrado lo que llevabas tanto tiempo buscando. ¡Vas a ser un rosal!

El rosal te dice: claro ser rosal es lo mejor del mundo. ¡A todo el mundo le gustan los rosales! ¡Y somos muchos! ¡Es muy sencillo ser rosal! Simplemente tienes que “creerte” que lo eres, “visualizarte” con hermosas rosas y sentir el perfumes de tus flores. Tienes que hacer esto todos los días, sintiéndolo.

Empiezas a poner tu intención en ser un rosal, un día y otro… te cuesta y parece que no te sientes tan bien como se supone que deberías sentirte pero piensas que es normal, sólo hay que insistir un poco más. E insistes…

Miras al rosal y parece que no hace nada, y piensas que algo debes estar haciendo mal para que te cueste tanto trabajo ser como él. ¡Vale, quizás tengan razón y sea un poco perezosa (vaga, tonta, pon aquí el adjetivo que prefieras), igual no le pongo el suficiente entusiasmo…!

Pero a pesar de tu buena “intención”, poco a poco vas perdiendo motivación y energía…hasta que al final abandonas con un gran peso en tu corazón por no haber sido capaz de convertirte en rosal cuando alrededor parece que otros ya lo han conseguido.

En ocasiones te esfuerzas tanto que al final te conviertes en rosal para darte cuenta al final de que eso que parecía tan estupendo en los demás a ti no te trae la satisfacción que esperabas. Eres un rosal, pero no te sientes como esperabas sentirte. Y el vacío sigue…

Lo que en principio parece como un problema, no haber sido capaz de convertirte en rosal, puede que no lo sea en absoluto. ¡Sobretodo si como en el cuento eres un roble! Todos esos obstáculos en el camino pueden ser simplemente indicadores de tu voz interior para que abandones ese camino y te rindas a lo que ERES en lugar de a lo que deberías SER.

Así que como dice el cuento, sólo cuando cierres los oídos y los ojos a todo lo ajeno y conectes con el silencio que hay en tu interior, tu corazón empezará a hablarte en tu propio lenguaje. Y será perfecto para ti.

~ Iciar ❤

Día 9 – Se impecable

Cada día se nos ofrece la oportunidad de ser impecables y recordar que “en mi indefensión radica mi seguridad“.

A lo largo de los años que llevo impartiendo seminarios, en los que frecuentemente toco el tema de la impecabilidad, algunas personas me han pedido ejemplos de lo que es ser impecable.

Mi respuesta es que un acto impecable es aquel que llevas a cabo sin el deseo de acumular importancia personal o de “engrandecerte”, o de alguna manera, beneficiar la imagen propia. Es callar cuando te asalta el deseo de decir algo que muestra tu “superioridad” sobre otro. Es no atacar, condenar o descalificar a otro cuando el ego insiste en que lo hagas y cuando pareces tener todas las razones del mundo para hacerlo. Es todo acto que, literalmente, va en contra de los dictámenes del ego, y por ende, en beneficio de tu declarada meta de paz. Es todo acto que sigue la Regla de Oro: que no le haremos a nadie lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros o a alguien que amamos. Seguir esta regla como norma de comportamiento es vivir con impecabilidad.

~ Rosa María Wynn, El aprendiz impecable ❤

Las tres rejas

Un joven discípulo de un filosofo sabio llega a casa de este y le dice: “Escucha maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…”

!Espera! le interrumpe el filósofo – ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?.

¿Las tres rejas?

Si. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

No. Lo oí comentar a unos vecinos.

Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad.

Eso que deseas decirme, ¿Es bueno para alguien?

No. En realidad no. Al contrario…

!Ah vaya! La última reja es la necesidad.

¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

A decir verdad, no.

Entonces, dijo el sabio sonriendo – si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

~Anónimo ❤

En el curso del día

A lo largo del día siempre se nos presentan oportunidades de ser impecables. Ser impecable no tiene que ver con lo que hacemos o decimos, sino con lo que somos, pero lo que hacemos y decimos viene condicionado por lo que creemos ser. Un amigo nos comenta algo de otro y nosotros tenemos la tentación de contárselo a alguien más. Alguien comenta algo y nosotros rápidamente saltamos para hacer notar lo listos que somos, o lo que hemos aprendido, o lo que conocemos, hemos viajado, hemos leído… Contamos anécdotas una y otra vez para hacer ver lo interesante que es nuestra vida, o lo mucho que hemos “avanzado” en nuestro camino espiritual. Le decimos a los demás lo que deberían o no deberían hacer como si supiéramos que es lo mejor para ellos. O relatamos nuestros problemas, y seguro que os habréis encontrando en esta situación, para que los demás vean que sus problemas no son nada respecto de los nuestros. Las redes sociales son un buen escaparate de nuestro deseo de ser especial: ¿cuantos “me gusta” tengo? ¿Soy más interesante por tener más amigos en facebook? ¿O más seguidores en el blog?

El Curso habla de ser impecable en contraposición a ser especial. El ego quiere ser especial (de hecho es el deseo de especialismo), único, mejor o peor, pero diferente. Sobresalir o bien por arriba, o bien por abajo como veíamos ayer. Hoy vamos a prestar atención a esas “tentaciones”, a esos momentos en los que el deseo de atacar, criticar, descalificar, juzgar, engrandecerse o menospreciarse asoman la patita por debajo de la puerta. Si como dice el Curso “todo lo que doy es a mi mismo a quien se lo doy“, hoy voy a decidir dar solo aquello que yo querría recibir. Aplicar el sentido común y como dice la Regla de Oro: “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti“. ❤

~ Iciar ❤

Día 2 – Aprender a confiar en la vida

«Nada de lo que veo significa lo que creo que significa. Nada de lo que veo significa nada. El miedo comienza con una interpretación, con un recuerdo del pasado. Sin embargo, cada momento es libre y total. A cada momento renace mi capacidad de elegir.» ~Paul Ferrini ❤

¿Buena Suerte, Mala Suerte?

“Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al día siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huido al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

En el curso del día

Durante el día de hoy vamos a tener presente la enseñanza de este cuento y dejar de dar significado a las situaciones que nos sucedan. Cuando surja una situación estresante nos recordaremos la lección 1 del Curso: “Nada de lo que veo significa nada“. O como dice este cuento: “¿Buena suerte, mala suerte? ¡Quien sabe!” Probablemente a ti, al igual que a mí, te hayan sucedido cosas que pensabas en el momento que eran una calamidad y que con el tiempo te han enseñado que en el fondo escondian una bendición. No hace falta que veas la bendición en este instante de lo que te está ocurriendo, simplemente estate dispuesto a no darle significado y deja que esa situación te enseñe por qué ha venido a tu vida.

~ Iciar ❤

La tristeza y la furia

Si aceptas la tristeza, la tristeza desaperecerá. ¿Por cuánto tiempo puedes estar triste si aceptas la tristeza? Si eres capaz de aceptar la tristeza serás capaz de absorberla dentro de tu ser; se convertirá en tu profundidad. ~~Osho

En un reino encantado en donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta. En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas. Había una vez un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes, y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente. Hasta aquel estanque mágico y trasparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía.

Las dos se quitaron los vestidos y, desnudas, entraron en el estanque. La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida sin saber porque, se bañó rápidamente y más rápidamente salió del agua.

Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró, y sucedió que aquel vestido no era el suyo, si no el de la tristeza, y así vestida se fue.

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa, o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo, con pereza y lentamente salió del estanque.

En la orilla se dio cuenta que su ropa no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.

Cuentan que desde entonces muchas veces uno se encuentra con la Furia, ciega y cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esa furia que vemos es sólo un disfraz, y detrás del disfraz de la furia, en realidad está escondida la tristeza.

~ Jorge Bucay ❤

Y un vídeo de Rupert Spira que habla de las diferentes capas de emociones que nos llevan desde las que podemos nombrar y reconocer a aquellas que están más escondidas y nos resulta difícil nombrar, y que constituyen la raíz de la idea de separación. Como todos los vídeos de Rupert explicado desde una gran sencillez, claridad y profundidad. 🙂 ❤

~ Iciar ❤

La paz perfecta

Había una vez un Rey que ofreció un premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta.

Muchos artistas lo intentaron. El Rey admiró y observó todas las pinturas, pero solo hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

La primera era un lago muy tranquilo, era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban.

Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.

La segunda pintura, también tenía montañas, pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar  un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido.

Allí en el rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido…

Paz perfecta.

El Rey escogió la segunda.

Y explicó a sus súbditos el porqué:

Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni dolor.

Paz significa que a pesar de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón.

Creo que este es el verdadero significado de la paz. 

Cuando encontremos la paz en nuestro interior, tendremos equilibrio en la vida.  

~Cuento Sufi ❤

No hay amor que conseguir en el mundo

“Mira a tu hermano otra vez, pero con el entendimiento de que él es el camino al Cielo o al infierno, según lo percibas.  Y no te olvides de esto: el papel que le adjudiques se te adjudicará a ti, y por el camino que le señales caminarás tú también porque ese es tu juicio acerca de ti mismo. T-25.V.6:5-6”

“Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo mientras perdure la percepción. T-7.VII.6:2”

A un oasis llega un joven, toma agua, se asea y pregunta a un viejecito que se encuentra descansando: ¿Qué clase de personas hay aquí?

El anciano le pregunta: ¿Qué clase de gente había en el lugar de donde tú vienes?

“Oh, un grupo de egoístas y malvados” replicó el joven.
“Estoy encantado de haberme ido de allí”.

A lo cual el anciano comentó: “Lo mismo habrás de encontrar aquí”.

Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis, y viendo al anciano, preguntó: ¿Qué clase de personas viven en este lugar?

El viejo respondió con la misma pregunta: ¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?

“Un magnífico grupo de personas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele mucho haberlos dejado”.

“Lo mismo encontrarás tú aquí”, respondió el anciano.

Un hombre que había escuchado ambas conversaciones le preguntó al viejo:

¿Cómo es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?

A lo cuál el viejo contestó:

Cada uno lleva en su corazón el medio ambiente donde vive. Aquel que no encontró nada bueno en los lugares donde estuvo no podrá encontrar otra cosa aquí. Aquel que encontró amigos allá podrá encontrar amigos acá.

No hay amor que “conseguir” en el mundo. El mundo es tan neutral como un espejo; todo lo que vemos en él es lo que nosotros ponemos ante él. Si intentamos “conseguir” amor de este mundo, nos iremos sumergiendo cada vez más en una experiencia de carencia y de falta de amor. Cuando de verdad integramos que no hay nada en el mundo que podamos conseguir y que, por el contrario, somos nosotros los que tenemos que aportar el amor incondicional a nuestra experiencia del mundo, será cuando cruzaremos el puente que nos lleve a una nueva experiencia vital, una experiencia vital mucho más profunda. Entonces habremos aprendido el secreto de la experiencia del amor incondicional, que consiste en que somos nosotros los que tenemos que dar ese amor incondicional. ¿Por qué? Porque, en nuestra experiencia, somos los únicos que podemos hacerlo. Somos al ciento por ciento responsables de la calidad de todas nuestras experiencias.

~Michael Brown, El proceso de la presencia ❤

El bosque interior

Había una vez un hombre que caminaba perdido en el sendero Espiritual. Estando paseando por el monte, solitario, triste y preocupado de cómo podría ver la luz, oyó una voz que le dijo:

-¿Dónde vas buen hombre?

Un poco asustado al oír aquella voz, contestó:

-Llevo años queriendo ver de una vez la Luz, pero ni la veo ni sé dónde buscarla.

Sonriendo, aquella voz le dijo:

– Hijo mío la luz no se busca, está siempre delante de ti, lo que pasa es que tienes un bosque de árboles entre tú y ella que no te la deja ver.

-¿Quieres decir que los árboles mentales que tengo no me dejan ver la luz?

-Así es, por tanto, has de ir talando todos los árboles que están entre tú y la Luz, pues ellos te impiden verla.

-¿Y cómo puedo hacer eso? – preguntó el hombre.

-Mira, te enseñare como hacerlo, siéntate en la base de ese árbol, mantente en silencio y ve observando los árboles que te rodean y ve talándolos mentalmente todos y cada uno de ellos.

Así pues aquel hombre se puso manos a la obra y empezó a ver su primer árbol. Vio el árbol de la impaciencia y lo taló, luego vio el de la intolerancia e incomprensión hacia los demás, siguió cortando el árbol de la vanidad y del ego, cortó también el árbol del rencor y el no perdón a los demás, siguió con el árbol de juzgar y creer ser superior a los demás, y siguió y siguió…….

Pasado un rato la voz le dijo:

– ¿Cómo vas?

El hombre le contestó:

– Voy bien, acabo de talar una gran hilera de árboles que no me dejaban ver la luz, pero aun no la veo, hay otra gran fila de árboles, ¿qué árboles son estos?, preguntó el hombre.

La voz le contestó:

– son los mismos árboles de antes pero ahora son a nivel espiritual, son los árboles de la vanidad espiritual, intolerancia espiritual, el árbol de creerse en posesión de la verdad …. y estos árboles son peores que los anteriores, córtalos muy bien.

Así pues, el hombre siguió talando la siguiente hilera de árboles. Taló el árbol de creerse ser un elegido, de creerse maestro, taló el árbol de querer salvar al mundo, taló también el árbol de su religión y siguió y siguió.

Pasado un rato la voz le dijo:

– ¿cómo vas?

– Acabo de talar otra gran hilera de árboles que no me dejan ver la luz, pero aun no la veo, hay otra gran hilera de árboles, ¿qué árboles son estos?, preguntó el hombre.

La voz le contestó:

– estos árboles son muy importantes de talar, estos árboles te sirvieron en su momento pero ahora has de cortarlos todos, pero es decisión tuya de hacerlo o no, pues no querrás talarlos, pero ya debe ser elección tuya, así que observa bien estos árboles y decide tú que quieres hacer.

Así que el hombre observó y taló dichos árboles, taló el árbol de no creer ya en maestros ascendidos, de no creer en Ángeles, el árbol de no creer en seres de luz, en no creer en todo lo que leyó y le ensañaron, y siguió talando y talando, y aunque le costaba mucho talar tantos, pues se estaba quedando sin nada, el siguió adelante……

Pasado un rato le dijo la voz:

-¿Cómo vas?

Este hombre le contestó:

-Voy bien, ya se ve algo de luz, pero estoy viendo dos últimos árboles, uno es enorme y otro normal, ¿qué hago ahora con ellos?

La voz le dijo:

– Antes de talarlos mira bien que representan dichos árboles.

El hombre se concentró y al ir a cortar el árbol normal, vaciló y rápido fue a consultar a la voz.

Exclamó:

-¡Ese árbol es mi SER!… ¿Cómo quieres que lo tale?…

La voz le contestó:

-Si quieres ver la Luz, has de talarlo, pero esa, ya es elección tuya.

Así que aquel hombre un poco asustado lo taló y se quedó sin creer en su SER.

Pasado un rato la voz le dijo:

-¿Cómo vas?

-Ya he talado ese árbol- contestó.

Y la voz le preguntó

-¿y aún sigues vivo?

El hombre contesto – sí.

– Pues entonces sigue – le dijo la voz.

Así pues el hombre se puso a talar el último y enorme árbol que no le dejaba ver la Luz. Pero cuando fue a talarlo se dio cuenta lo que representaba el último árbol y fue corriendo a preguntar otra vez a la voz.

Muy asustado aquel hombre le dijo a la voz

– ¡Madre mía! ¿Tú sabes qué árbol es ese? ¡Es Mi Dios!…

– Así es, le dijo la voz, tálalo también si quieres ver la luz.

– Uf, contestó aquél hombre, eso si que me va a costar, pero lo haré.

Pasado un rato le dijo la voz:

-¿Cómo vas?

-Muy bien ya veo la luz, es preciosa y todo amor, es increíble. Muchas gracias de todo corazón por ayudarme a ver la luz – le dijo el hombre entusiasmado.

-No corras tanto, le replicó la voz, aún no hemos terminado, esa luz que ves es aún un espejismo, tienes que talar el ultimo árbol para poder ver la verdadera Luz.

-¿Cómo? – dijo sorprendido aquel hombre – yo no veo ningún árbol más.

– Ese es el problema, nunca veis el último árbol. Ese árbol, en el que estás recargado, eres tu mismo y ves la Luz a través de tu árbol, no de tí, tálate tú y veras la luz.

Aquel hombre no podría creer lo que estaba oyendo, pero se puso en marcha y taló su propio árbol. Pasado un rato le dijo la voz:

– ¿Cómo vas, ya has visto la Luz?

Y aquel hombre con todo amor, paz y felicidad, le dijo a la voz:

No solo he visto la luz… ¡¡¡YO SOY LA LUZ !!!

~Anónimo ❤

Transfórmate en lago

Un anciano maestro se cansó de las quejas de su aprendiz. Una mañana, tras unos días en los que el alumno había estado especialmente quejumbroso, le envío a conseguir un poco de sal. Cuando regresó, el maestro le dijo que mezclara un puñado de sal en un vaso de agua y se lo bebiese. El alumno le miró con extrañeza, a punto de protestar, pero obedeció a su maestro.

¿A qué sabe? Preguntó el maestro con gesto serio.

“Amarga y salada”, dijo el aprendiz dudando si comenzar de nuevo su retahíla de quejas.

El maestro sonrió e instó al joven a tomar un puñado de sal equivalente y a arrojarlo en un lago próximo. Los dos caminaron en silencio hacia el hermoso lago. Una vez que el aprendiz arrojó su puñado de sal en el agua, el anciano dijo:

“Ahora bebe del lago”.

A medida que el agua goteaba por la barbilla del joven, el maestro preguntó con una leve sonrisa:

¿A qué sabe el agua?

Agradable y fresca, comentó el aprendiz.

¿Te supo a sal?, preguntó el maestro:

No, dijo el joven.

El maestro se sentó junto a su aprendiz, y explicó:

“El dolor de la vida es pura sal, ni más ni menos. La cantidad de dolor en la vida de cada uno de nosotros va a ser exactamente la misma. Sin embargo la cantidad de amargura que probamos depende del recipiente en que ponemos la pena. Así que cuando está el dolor, la única cosa que puedes hacer es agrandar tu espacio interior. Deja de ser vaso. Transfórmate en lago.”

Hace ya algunos meses compartí en otro de mis blog una experiencia que tuve mientras veía la televisión. Puedes leer esa experiencia aquí.

Desde entonces hay una meditación que hago cuando siento algún malestar en alguna zona de mi cuerpo y sobretodo si estoy muy agitada y nada logra centrarme de nuevo. Es muy sencilla y me recuerda a ese cuento. La base es muy simple, se trata de agrandar el espacio interior para permitir que la energía, la emoción, pueda moverse con libertad, y como dice el cuento nos transformemos en lago.

Toda emoción tiene un ciclo vital: aparece, se intensifica, llega a su límite, decrece y desaparece. Cuando no permitimos que el ciclo se complete la emoción tiende a quedarse atascada y volverá a surgir de nuevo.

En un inicio cuando esta meditación surgió solo fueron dos palabras: “Siéntete y Extiéndete”. Y eso fue lo que hice. Con el tiempo he ido añadiendo más pasos: Respira, Siente, Abre y Extiende. Siguiendo la guía de tu maestro interior en ocasiones necesitarás estar más tiempo en el sentir, en ocasiones en el respirar, o en el abrir espacio y extender. Con la práctica verás que es lo que más necesitas trabajar en cada ocasión.

Cierra los ojos y concéntrate en tu respiración. Empezamos observando el cuerpo para ver como está internamente. ¿Hay calma o movimiento? Si hay movimiento observa la zona donde notas la agitación. Empezamos respirando varias veces. Simplemente respirar. Luego el siguiente paso es sentir, abrirse a experimentar ese movimiento dentro de nosotros. Puedes decir internamente: “Siento”. No hace falta que le pongas nombre. Simplemente siente. El siguiente paso es abrir espacio. Es muy sencillo y no tienes que hacer nada. No se necesita ningún esfuerzo para abrir espacio. Simplemente di interiormente “abrir espacio” y nota como aparece una relajación y notas una apertura. Y por último extiende. Repite mentalmente extiende varias veces. Tu mente sabe como extenderse así que una vez más no necesitas hacer nada. Observa como poco a poco se va generando un espacio más grande donde la emoción puede moverse y donde nosotros ya no estamos identificados con la emoción sino con ese espacio que la contiene. Puedes continuar repitiendo mentalmente extiende o puedes volver al paso que sientas. Déjate guíar por tu maestro interior que te mostrará aquello que más necesites en cada ocasión.

Con la práctica verás que puedes hacerlo incluso cuando estás viendo la tele o en una charla. Prestas atención a tu interior y repites mentalmente los pasos mientras observas como tu cuerpo se va aflojando y como la sensación de amplitud y de paz reemplaza a la sensación de agitación.

Si lo ponéis en práctica me encantará que me contéis como os ha ido. 🙂

~Iciar ❤