El colibrí y las alas (Un cuento para recordar)

Hace muchos, muchos años, en un reino muy lejano nació un bebé. Era un bebé precioso pero portaba una peculiaridad: tenía alas. Unas alas transparentes con un ligero tono azulado.

Aunque todo parecía perfecto en él, sus padres estaban preocupados porque en el futuro pudiese sentirse diferente, y decidieron mostrar su preocupación a los médicos. Estos estuvieron de acuerdo en que si bien el niño parecía feliz con sus alas, esa diferencia podría acarrearle problemas en el futuro así que decidieron, conjuntamente con sus padres, que lo mejor era extirparle las alas.

Lo intentaron una y otra vez, pero cada vez que el niño volvía de la operación, sus alas volvían a brotar incluso con más fuerza.

Los médicos ya no sabían que hacer, lo habían intentado muchas veces sin resultado. Era un bebé con alas.

Los padres seguían preocupados así que decidieron probar otra opción. Quizás algún hechizo mágico consiguiera que las alas desapareciesen. Alguien les habló de un curandero que vivía en otro país y allí se fueron con el bebé.

Encontraron al curandero y le relataron su preocupación.

Al principio el curandero no entendía porque querían privarle de algo tan precioso e intentó convencerles de dejar que siguiese portando sus alas, pero viendo el sufrimiento en el rostro de sus padres al final accedió a llevar a cabo su magia. No eliminaría sus alas pero las haría invisibles, de tal manera que nadie pudiese verlas. Ni siquiera el niño o sus padres.

El conjuro se llevó a cabo con éxito y las alas desaparecieron.

Sus padres estaban felices. Dieron las gracias al curandero y volvieron a casa.

El bebé creció como un niño normal. Sus padres se cuidaron muy mucho de contarle sus orígenes y con el tiempo ellos mismos se olvidaron de su don.

El niño siguió creciendo, pero a medida que crecía su cuerpo, también lo hacía su tristeza.

Sus padres empezaron a preocuparse por el dolor que su rostro reflejaba. Nada parecía hacerle feliz y se fue encerrando en su propio mundo cada vez más.

Se sentía triste y solo. No entendía porque se sentía así si aparentemente no le faltaba de nada. Pero por más esfuerzos que hacía para que el dolor desapareciese, nada parecía funcionar.

Hacia tiempo que sus padres se habían olvidado de sus alas así que no vieron la relación con esa tristeza que habitaba en él. Sufrían por su propio dolor pero no sabían como ayudarle.

Un día, cansado de su propia vida, el ya joven salió a dar un paseo por un bosque cercano. Sus pasos le llevaron a un claro rodeado de árboles. Era tal su dolor que cayó de rodillas sollozando y pidiendo ayuda. Las lágrimas brotaban sin consuelo. Su pecho se estremecía con cada sacudida. ¡Estaba tan cansado! Lloró durante mucho tiempo hasta quedarse apenas sin lágrimas y al final, cayó rendido y se durmió en medio del bosque.

Se despertó al sentir un suave aleteo a su lado. Abrió los ojos lentamente y vio que algo pequeño volaba frente a sus ojos.

Se restregó los ojos para ver bien de que se trataba. ¡No parecía un pájaro cualquiera! Se mantenía en el aire sin esfuerzo.

Era un colibrí.

Estaba frente a él, sostenido en el aire mientras sus alas se movían a una gran velocidad.

Lo estuvo observando durante un rato como hechizado. El colibrí no se movía, parecía suspendido en el aire. ¡Era tan bonito! ¡Tan elegante! El joven estaba extasiado mirándolo sin poder apartar sus ojos de él.

Y por un instante se olvidó de su dolor y su tristeza absorbido por esa visión.

En ese breve instante, más breve que el aleteo de una mariposa, tuvo el destello de un recuerdo muy lejano que le hizo estremecer. Su cuerpo empezó a temblar mientras una corriente amorosa y pacífica le recorría de arriba abajo. Se sentía tan bien que se dejó llevar por esa sensación que había tomado el control de su vida en ese instante. Seguía sentado en el mismo bosque mientras el colibrí había empezado a volar a su alrededor.

El joven no sabía que le estaba pasando pero, ¡era tan agradable esa sensación! Ese calor que recorría su cuerpo. No quería que esa sensación parase nunca.

Después de un tiempo se sentía más tranquilo y como estaba anocheciendo decidió volver a casa.

Se dio cuenta de que el colibrí ya no estaba pero algo dentro de él sabía que seguía a su lado y que si lo necesitaba, este aparecería. Era como si el colibrí formase parte de él. Lo sentía muy cercano.

Estaba cansado así que se fue directamente a la cama. Todavía mantenía esa sensación de calor dentro de él.

Se durmió al instante y es noche tuvo una serie de sueños. Soñó con un bebé con alas, con un lugar que no reconocía. Veía a sus padres pero había alguien más. Alguien que no veía con claridad.

Entonces, en medio del sueño, esa persona desconocida volvió la vista hacia él y le habló. Le relató su historia, le habló de sus alas y de como para aplacar el sufrimiento y la preocupación de sus padres las había “ocultado” de la vista.

¡Todo parecía tan extraño! pensó el joven.

Y sin embargo, algo dentro de él le decía que era cierto.

El curandero le relató que junto con el hechizo para ocultar sus alas había puesto un recuerdo en su corazón que se activaría cuando llegase el momento.

Y el momento había llegado.

Fue la plegaria de su corazón la que activó ese recuerdo. También le dijo que había una forma de recordar sus alas y que estas volviesen a aparecer, y era a través de su deseo. Tenía que desear de todo corazón sus alas.

El curandero le contó que habría momentos en los que se olvidaría de ellas y la tristeza aparecería de nuevo, pero que sus alas nunca desaparecerían por mucho que se olvidase de ellas.

A partir de este momento ese recuerdo le guiaría y no le abandonaría nunca.

En ese instante, ante la vista atónita del joven, el curandero se transformó en un colibrí. ¡Era su colibrí! ¡El que había visto en el bosque! ¡Estaba tan contento de volver a verlo!

Mientras observaba al colibrí escuchó una voz que parecía venir de él: “Siempre estaré a tú lado. Si me necesitas, ¡llámame!”.

Al día siguiente el joven se despertó con una sensación extraña. Recordaba perfectamente el sueño. Había sido muy real.

¿Era cierto que tenía alas? se preguntaba el joven.

El no las veía, pero el curandero le había dicho que estaban ahí y que había una forma de deshacer el hechizo.

Todo parecía muy loco pero tenía que reconocer que se sentía muy bien cuando se concentraba en sus alas, como el curandero le había dicho, y recordaba sus alas.

Decidió no decírselo a nadie y siguió con su vida con ese recuerdo en su corazón. Todos los días se concentraba en ellas y cada vez le resultaba más fácil tenerlas presentes a lo largo del día.

Con el tiempo recordó sus alas y estas volvieron a aparecer. Su amigo el colibrí siempre estuvo a su lado como le había prometido manteniendo la confianza cuando al él le fallaba y empezaba a dudar.

Cuando sintió que llegaba el final de su vida, ya con sus alas desplegadas, el ya no tan joven se retiró al bosque, al claro donde había visto por primera vez al colibrí. Recordó ese momento y se sentó en el suelo como había hecho ese día. Sabía que su final estaba cerca pero no estaba nervioso, o triste. Sentía una gran paz por dentro, y una alegría tranquila en su corazón. Al igual que ese día se tumbó en la hierba a descansar. Y al igual que ese día se quedó dormido.

Y soñó, ¡oh no!, que se convertía en un colibrí.

Desde ese día hay un colibrí más dispuesto a guiar a todos aquellos que se han olvidado que tienen alas.

Este es tú recuerdo. Me has convocado y aquí estoy. El deseo de tu corazón me ha invocado.

Estás empezando a recordar.

Si, tu también fuiste un bebé con alas. ❤

Acuérdate de ellas a cada instante.

Deséalas de todo corazón.

Y ellas aparecerán de nuevo.

Te lo prometo.

Así fue conmigo y así será también contigo.

Con todo mi amor,

El Colibrí

~ Iciar ❤

 

ruisenor

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