El aguila

“A veces la vida nos detiene los pies, solo para que descubramos y usemos nuestras alas”. ❤

Érase una vez un campesino que fue a la selva vecina a cazar un pájaro para tenerlo cautivo en su casa. Consiguió un aguilucho y lo puso en el gallinero con las gallinas. Comía maíz y la ración propia de las gallinas, aunque el águila fuese rey/reina de todos los pájaros.

Cinco años más tarde vino a su casa de visita un naturalista. Mientras paseaban por el jardín, el naturalista observó:

– Ese pájaro de ahí no es una gallina. Es un águila.

– Claro -respondió el campesino- que es un águila. Pero criada como una gallina. Ya no es un águila, se ha vuelto una gallina como las otras, a pesar de esas alas de casi tres metros de envergadura.

– No puede ser -replicó el naturalista-, es y será siempre un águila. Tiene el corazón de águila y ese corazón la hará volar, un día, a las alturas.

– ¡Qué va! -insistió el campesino-, se convirtió en gallina y jamás volverá a ser águila.

Entonces decidieron hacer la prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó muy alto y, desafiándola, le dijo:

– Ya que eres un águila, ya que perteneces al cielo y no a la tierra, ¡abre tus alas y vuela!

El águila siguió posada sobre el brazo extendido del naturalista. Miraba distraídamente a su alrededor. Vio las gallinas abajo, escarbando los granos, y saltó a su lado.

El campesino comentó:

– ¡Se lo dije!, ¡se ha convertido en una simple gallina!

– Nada de eso -volvió a insistir el naturalista-. Es un águila, y un águila será siempre un águila. Probaremos nuevamente mañana.

Al día siguiente, el naturalista subió con el águila a la azotea de la casa. Le susurró:

– ¡Águila, ya que eres un águila, abre tus alas y vuela!

Pero cuando el águila vio abajo las gallinas, escarbando en el suelo, saltó y se fue junto a ellas.

El campesino sonrió y volvió a la carga:

– ¡Ya se lo había dicho, se ha convertido en gallina!

– No -respondió firmemente el naturalista-. Es un águila y siempre tendrá corazón de águila. Vamos a probar por última vez.

Mañana la haré volar.

Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron muy temprano. Agarraron al águila, la llevaron fuera de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, a lo alto de una montaña. El sol naciente doraba las cumbres de la cordillera.

El naturalista levantó al águila muy alto y le ordenó:

– ¡Águila, ya que eres un águila, ya que perteneces al cielo y no a la tierra, abre tus alas y vuela!

El águila miró a su alrededor. Temblaba como si experimentase una nueva vida. Pero no voló. Entonces el naturalista la sujetó firmemente, en dirección al sol, para que sus ojos pudiesen llenarse de la claridad del sol y de la inmensidad del horizonte.

En ese momento, abrió sus potentes alas, lanzó el típico kau-kau de las águilas y se irguió, soberana, sobre sí misma. Y comenzó a volar, a volar hacia las alturas, a volar cada vez más alto. Voló… voló… hasta confundirse con el azul del firmamento…

~Cuento de Leonardo Boff

¿A quien estás escuchando? ¿Al granjero, la voz que cree en tu debilidad, en que puedes convertirte en lo que no eres, o al naturalista, la voz que sabe Quien Eres?

Perteneces al Cielo, no a la Tierra. ¡Abre tus alas y vuela!

No soy un cuerpo. Soy libre.
Oigo la Voz que Dios me ha dado,
y es sólo esa Voz la que mi mente obedece.

~Iciar ❤

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